lunes, 16 de marzo de 2015

Aragua desde el aire: Por el cerro hasta Las Cocuizas

Los que vivimos en Maracay sabemos lo famosa que es la más transitada ruta del Henri Pittier, un camino que es conocido tanto por deportistas entregados, como por personas que sólo tienen las ansias de ver a la ciudad de lejitos. Hablo nada más y nada menos que del llamado "Cerro del Hotel Maracay", nombrado así por encontrarse su entrada principal frente al árbol mágico (Ficus benghalensis para ponerlo más realista) uno de los más emblematicos del estado, aunque originario de La India, siendo ironicamente un turista traido de tierras lejanas justamente quien represente con tal solemnidad al hotel que lleva por nombre la ciudad. Todas las tardes y mediodías pueden verse rios de gente haciendo el recorrido cuanto el corazón lo pida y las piernas lo aguanten, siendo el final común la llegada al llamado "Container" (si, es un container allá arriba, lleno de grafittis de nombres propios, sobrenombres, y promesas de amor eterno) viendo la ciudad a lo lejos desde 1.173 m.s.n.m y luego de un recorrido de 4.618mt, sin duda es agradable, hay quienes alegan que subirlo todos los días te hara vivir 100 años, y puedes agregarle una sazón frutal a las piernas cansadas tomandote un juguito abajo, o comprando en el mecadito de La Colonia Tovar que se pone a sus faldas todos los domingos en la mañana.


Para vivir 100 años, pero dan ganas de vivir 1000 si se ve con calma y vértigo al mismo tiempo.

 Nada de esto nos es ajeno a los Maracayeros, quizás hasta parte de una rutina, pero ¿quién dijo que no podíamos tener aventuras en el patio de nuestra propia casa? Luego del Container se ve un caminito trillado que se pierde entre las montañas serpenteantes que siempre me dió curiosidad, "Ese lleva a las Cocuizas" Decian por ahí, y cargados con una meriendita y suficiente (o no tan suficiente) agua, mi compañero de aventuras y yo decidimos ir a nuestra mini-expedición por la casa de nuestro vecino el Parque Nacional. La ruta está bien marcada, es prácticamente imposible perderse. Un señor blanquísimo con un sombrero de alas muy simpático nos señaló el camino diciendonos que necesitaríamos llevar bastante agua, cosa que ya me habian advertido, a lo que confiadamente respondimos afirmativamente y emprendimos nuestra ruta. 


Voy siguiendo la brúluja que llevo dentro, y la trilla en el camino.
A un lado se observa una planicie donde se puede acampar

El camino al principio tiene subidas y bajadas, no tan empinadas como para cansarte, llevando a lomitas desde donde se puede suspirar como Dios manda y desde donde se ve a la ciudad miniatura al lado del inmenso lago de Valencia, como algo tan ajeno, el caos se ve frágil y pequeño, me sorprendió la nube marrón de fog que se extendía densa sobre mi hogar allá abajo, como un enemigo invisible listo para caer sobre nosotros, incluso me conmovió un poco ver la belleza de nuestro valle siendo tan irrespetada y me imaginé (como suelo hacer, una maña) cómo habría sido esto hace 100, 200 o 314 años ¿Qué Árboles habrian cubierto las calles de El Limón? ¿Cuántas rutas de venados o indios Tacariguas no habré pisado? ¿Cuántas reliquias precolombinas siguen escondidas en las orillas del lago, bajo casas o ranchos? ¿Cuán puro habría sido el aire?


A lo lejos una sutil linea separa el aire que tenemos del aire que queremos.
Culpa mia, culpa nuestra.

 Luego de las colinas la ruta del container se pierde y el camino es más recto, incluso en algunas áreas hay sitios donde si gustas, se puede instalar fácilmente un campamento para quienes quieren iniciarse poco a poco en el mundo de la aventura. Luego de un rato se ve a lo lejos un letrerito de madera similar al que está el El Container, el cual aportó la unica sombra donde nos guardamos en todo el camino, ya que la vegetación del cerro consiste en monte bajo, bromelias y árboles escuálidos de pocas hojas, todo seco y bajo un bellisimo y calurisísimo sol de verano. Fué en este anuncio donde nos dimos cuenta de que, efectivamente, no habíamos llevado agua suficiente, pero eso no nos quitó los ánimos (Tampoco la sed, pero no era mal de morir). En ese punto se encuentra una encrucijada, a la izquierda sigue un camino por la montaña que termina en un camino ciego, como un mirador, y a la derecha sigue hacia Las Cocuizas. 


La única sombra en el camino
Tomamos el de la derecha y continuamos en un paisaje similar, pero a la izquierda se asomaba bordeando la montaña la carretera de Choroní, y vimos como en un juego de maquinitas a los autobuses dueños de la via ir a toda velocidad, y los carros de tamaño de hormiguitas detenerse ante su imponencia en las curvas. Se continúa hasta llegar a un camino más ancho claramente hecho por una máquina donde en un recorrido de vueltas y vueltas va bajando hasta que se siente la humedad de la vegetación boscosa, comienzas a oir un rumor de agua y a ver las Mariposas. Llegamos al rio donde nos lavamos la cara y tuvimos que tener una voluntad de oro para no dar tragos enormes de esa agua helada y probablemente contaminada. Al llegar al riachuelo se agarra a la derecha (muy importante porque a la izquierda se va a una comunidad no muy segura), Pasamos hacia el otro lado por una parte más llana y llegamos finalmente a nuestro destino. El parque está bien mantenido, el ambiente es increiblemente agradable, hay unos carritos donde comprar agua y chucherias. 


Parque Las Cocuizas.
 ¡La humedad del bosque cónsona con el canto del rio!

Habíamos tardado 4h30min aproximadamente en completar la ruta. Luego de tomarnos 1,5L entre dos personas en menos de 3 minutos nos dimos el gusto de quedarnos con los piecitos dentro del rio, riendonos con unos niños juguetones y temblorosos que cazaban renacuajos (labor en la cual los ayudamos), y disfrutando de ese cansancio que trae la mezcla del ejercicio, el conocer lugares nuevos y el vivirlo con quien comparte tus pasiones.


La carretera a las faldas del cerro, como un hormiguero de carros en miniatura
¿Quizás la próxima aventura?
No es necesario viajar muy lejos para conocer y descubrir, probablemente hayan detalles que nunca veamos asi esten en la punta de nuestra nariz. ¿No es emocionante?

¡Nunca dejemos de sorprendernos!

Gala

martes, 27 de enero de 2015

El llano desde el caballo: Uno con la sabana

Comenté previamente una ligera sinópsis de lo que fué mi viaje al Hato El Cedral, experiencia que en su totalidad me dejó gratamente sorprendida, sin embargo quise guardar una pequeña parte de esos días para escribirla en un post aparte ya que fué una experiencia que me mostró otra cara del llano, una más pura y autóctona, que a pesar de lo globalizado que está el mundo, sigue teniendo esa vigencia de la que cantan muchos copleros aún hoy en día: cabalgar la Sabana.
El hato ofrece varios planes, entre ellos está dar un paseo a caballo por un pedacito de sus miles de hectáreas. Ese olor áspero de la tierra con el aroma suave y crudo de los caballos es una mezcla que recuerda tanto a mi infancia como la canción "Apure en un viaje", siendo hija de veterinarios (uno especializado en equinos) aficionados al team penning (competencia en la cual un equipo de jinetes tiene que encerrar a cierto número de becerros entre un montón de ellos dentro de un corralito en el menor tiempo posible) mi infancia transcurrió bastante entre caballos sudorosos con sus ojos dulces, botas, tierra, sombreros, cerveza y cuero, por lo que montar a caballo no era algo para nada ajeno a mi, sin embargo llevaba ya bastante tiempo sin practicarlo y el pensar en hacerlo de nuevo me encendió una chispita de emoción en el pecho. Daniela, una amiga con quien fuí al viaje, y yo llegamos al corral, donde nos esperaba un viejo llanero comeaños de pura cepa con su sombrero de cuero, Jesús se llamaba, hablando con ese cantao del llano que corta de 5 palabras, 5 y media, de las cuales la mitad no se oyen jamás en las regiones centrales del país, además con esa personalidad "regia" que portan los hombres en esos lugares, me encanta la gente tan autóctona. Luego de preguntarnos si teníamos experiencia nos asignó los caballos, el mio era uno moro que se llamaba "Barrilito" mientras que el de Daniela tenía tocayas por todo el hato, se llamaba "Garza Morena". Después de presentarme con unas caricias y palmaditas en el cuello montamos y arrancamos. Con nosotros iba también un señor turista con ínfulas de coleador, quien pidió el caballo más bravo y comenzó a correrlo apenas salimos, haciendo caso omiso a las advertencias del llanero Jesús, mantengan en su mente a este señor a quien llamaban "Samy" que después les voy a echar un cuentico de él.



Salimos. Si el llano les parece bello, no van a tener palabras para describirlo si lo cabalgan. La sabana nos recibió con su infinita vida, vida en el suelo, vida en el aire, nosotros vivos, vivísimos, sobre nuestro compañero y cómplice que tomaba estas tierras por hogar. Cabalgamos horas sintiendonos uno con el horizonte, es cómico como se avivan los sentidos y cambia la perspectiva cuando te sientes realmente dentro de un sitio, casi podíamos tocar las coro coras en vuelo, nos mojamos los pies al pasar por el caño donde los caballos se pararon a tomar agua, incluso vimos en un caño más hondo cómo desaparecía entre la bora un pobre patito que fué devorado por una baba gigante (no fué tan dramático como suena, ¡realmente el pobre patito desapareció en un segundo! Nos sentimos dentro de una pintura, cambiando sus tonalidades conforme se acercaba la tarde, desapareciendo el sol inclemente y apareciendo una agradable brisa de esas que avisan que la noche no está lejos. Sobre las sillas de todos habían unas mantas, que Jesús nos advirtió que no perdieramos por nada del mundo.

-"jesa es pa' cuando a uno le agarra la noche por la sabana, o pa' cuando la ribazón arrecia, no se le vaya a caer mija, que están caras y no quiero después andar pasando frio" respondió el llanero cuando le pregunté para qué eran. Me imaginé las aventuras del señor Jesús, arreando ganado por días mientras le canta al infinito (porque le oimos cantar algunas suaves coplas como para sus adentros), durmiendo bajo los árboles frente a los caños, cuidándose de algún ánima por ahí. Autóctono y  digno de la pluma eterna de Rómulo Gallegos.



Emprendimos el regreso trotandito por los caminos más transitados, la trilla de los camioncitos, y los caballos comenzaron a agitarse cuanto más nos acercabamos a la querencia, lo cual siempre sucede, situación de la cual se aprovechó nuestro amigo "Samy" para darle rienda suelta a su caballo y sentirse el más reacio del llano, pobre señor citadino, al parecer no le habían dicho que cuando un caballo se desboca no hay quien lo pare, y en unos segundos pudimos ver realizada la advertencia del llanero Jesús al principio, cuando casi en cámara lenta el señor salió volando por los aires, aterrizando sobre su brazo, y sus minutos gloriosos como dueño del llano terminanron con una fractura de húmero.

Nunca deseches el consejo de un sabio anciano llanero.

Gala

sábado, 3 de enero de 2015

El llano desde El Cedral: Tierra de atardeceres.

"Me marcho por el Samán, Mantecal y La Estacada, 
por Bruzual y San Vicente y Quintero inolvidable, 
Palmarito y Guasdualito por Elorza y El Amparo, 
Puerto Páez, La Trinidad, saludo al Capanaparo, 
El Yagual y Guasimal, son vecinos de Guachara..."


Todos tenemos esa canción que nos transporta directo a aquellos viajes familiares tan particulares que marcaron nuestra niñez con risas y miradas largas por la ventana, viendo el paisaje cambiar y los árboles pasar. "Apure en un viaje" es eso para mi, y es que El Llano ayudó a formar mi carácter inquieto y mi mente soñadora desde pequeña. Acostumbrados a viajes donde un chinchorro y una caña de pescar son los implementos más importantes del equipaje, no sabía qué esperar cuando me dijeron que íbamos al famoso Hato El Cedral, emblemático destino ecoturístico.




Chiguire vigilando la sabana, chiriguire (El ave) sacando garrapatas
 Ubicado en Troncal, hay que tomar la vía de Elorza, en el estado Apure, la cual no solemos agarrar en nuestros viajes anuales (o bi o tri anuales) al llano. Ver pasar los letreros que anunciaban la mayoría de los pueblos que entonaban la canción fué maravilloso, como reavivar una vana ilusión infantil sin objetivo alguno. La vía esta bastante bien, asi que realmente cualquier tipo de carro puede completar el recorrido sin dejar los cuatro cauchos en el intento. Llegamos a una entrada militarizada (Dado que el hato fué expropiado unos años atrás, lo cual disminuía mis espectativas del viaje) donde anotamos nuestros nombres frente a la mirada constante del expresidente de la república, pintada en numerosas paredes de la propiedad. Metros después de arrancar la cosa cambia totalmente, el camino abarrotado de chiguires mansos, taciturnos a la sombra de los árboles con sus crias tan absurdamente tiernas de a miles como abreboca del viaje tan inesperadamente bello que viviríamos. Se llega a un campamento de lo más lindo, con varias cabañas cómodamente acomodadas, en un área llena de vida, rodeada de árboles que eran constantemente visitados por garzas, guacamayas e incluso por rojizos araguatos que con sus miradas orgullosas, casi humanas, nos veían como quien está acostumbrado a ver extraños pasar por su casa. No sólo en las copas había movimiento, en el suelo varios Tautacos y patos Carreteros confianzudos (Siempre emparejados) buscaban uno que otro bichito en la grama. El clima durante todos los días consistió en un cielo azul y despejado, aire fresco y seco para ser el llano, en definitiva diciembre es el mejor mes si quieren disfrutar al máximo de esa hermosa región.

Mono araguato, como quien no quiere la cosa


 Dos paseos diarios estaban incluídos, oportunidades perfectas para captar con una cámara la inmensa biodiversidad sabanera. Nuestro guía era un llanero con acento cantao y ojos aguarapaos, nacido en Elorza (A donde todos los 19 de marzo la gente se viste de fiesta), paraba la camioneta donde nos transpotabamos cada vez que quisieramos bajarnos para tomar alguna foto desde el suelo. Por una de las rutas que tomamos, entre el polvero y los chiguires emergía la sabana de un lado, y el estero, tan inmenso como un mar, con ilusiones de tierra ya que su superficie estaba casi totalmente cubierta por una densa Bora (a cuya flor le mientan "Viajera del rio"), del otro, mostrando las dos caras del llano. 
"La quise tocar, la quise abrazar, quise amarla como a ti" - Viajera del río

Las aves adornaban con su andar particular la sabana. Manadas de patos Guire se acompañaban siempre de una corocora roja, que como un punto incandescente alumbraba entre tanto marrón, las garzas blancas y garzas morenas elevaban su vuelo agraciado, olvidandose de conflictos raciales y esos temas que nosotros los humanos nos empeñamos en darles tanta importancia. Chiriguires hacían un gracioso espectáculo al montarse sobre los lomos de los chiguires, quienes se recostaban relajadamente para que les sacaran las garrapatas. Todo el llano nos mostraba su cotidianidad, bella
El sueño llanero de Mandela, corocora roja y zamurita
hasta en el más mínimo aspecto. Por el agua abundaban las babas, que con sus ojos de candil (Como ánimas fantasmales si se les alumbra de noche, mostrando dos puntos rojos mirando fijamente) nos veían indirectamente mientras reposaban al sol, unas más grandes, otras tan pequeñas que provocaba adoptarlas, ponerles un nombre y abrazarlas, claro, ninguna tan grande como el caimán (con más cachos que un venao y más dientes que 20 babas) quien haciendo galas de las características en común con sus antepasados, le da a uno la impresión de encontrarse cara a cara con una bestia prehistórica. Incluso llegamos a encontrarnos en el camino con una señorita que hizo que a muchos se les erizara la piel, la muy coqueta Eunectes murinus, conocida coloquialmente como Anaconda, quien estaba con una parte de su cuerpo abombada revelando que había tenido un buen almuerzo a base de tortuga o pato, tan lisa, tan bella, y a la vez tan pútrida, que olor tan terrible el que emanaba de su cuerpo coloreado.

Esa muchachita, tan brava y tan bonita (Así les gustan, eso dicen)


Paternidad
¡Tantos años conociendo el llano, y tantos detalles en los que nunca me había fijado! ciertamente muchas veces no vemos más allá de lo que está frente a nuestras narices, o no nos tomamos el tiempo para observar realmente lo que nos parece cotidiano. ¡A veces el sólo hecho de disfrutar un momento común puede cambiarte la perspectiva completamente de lo que llevabas años viendo! Pudimos ver a un Martín pescador con una presa en el pico dársela a un ejemplar más joven, asumimos que su hijo, para que éste le pegara golpecitos contra el sitio donde se hallaba parado, y luego se lo tragara, aprendiendo el arte de comer pescado ¿cuántos martines pescadores que vi antes en el río habrán pescado para enseñarle a sus hijos?




Creo que una de las cosas más mágicas del hato fué el atardecer, y con eso no me refiero sólo a la puesta de sol, sino a todo lo que involucraba esa hora: El cielo multicolor innundado de aves que volaban de a miles hacia sus camas, reagrupandose cada cual con su igual, ese cambio de temperatura sutil, el cambio en la brisa, a esa hora las coplas se vuelven melancólicas, y como la tapa del frasco el lienzo celeste con su esfera inmensa, bajando rápidamente para que el azul se vuelva naranja, morado, verde y amarillo. Realmente Dios ideó todo tan perfecto que podemos tener un espectáculo artístico hermoso todos los días de nuestra vida, para poder terminar nuestra pesada jornada con un suspiro al ocultarse el sol.


¿Cómo no quieres que sueñe con el sol de los venaos?


Nunca, nunca, pero nunca dejemos de sorprendernos.

(Y eso que no les conté de las estrellas)

Gala

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Cuyagua desde la arena: encrucijada de viajeros

Los encantos de Cuyagua no se encuentran sólo en la paz y adrenalina que se revuelven como una merengada entre sus olas. Un viaje visto desde la arena cuenta una experiencia totalmente distinta, aún más si sales de abajo de la sombrilla y te das a la tarea de conocer a quienes hacen de la playa un sitio tan cambiante y lleno de historias. Entre las palmeras y árboles que sirven de refugio para el sol inclemente de mediodía se ven pequeños campamentos efímeros, con sus carpas, chinchorros y cocinitas de gas instaladas, territorios delimitados por piedras donde sus terratenientes venden libros, collares y artesanías.Todos los meses es posible reconocer rostros nuevos en la playa, quemados y con el sol en sus melenas, unos con acento más fuerte que otros, pero nunca puros, siempre mezclados con los tonos de tierras ajenas, y es que los hippies viajeros son un ingrediente que a Cuyagua nunca le falta. Tuve la oportunidad de conocer a Carlos, un hombre con sonrisa de marfíl en sus últimos 20s, quien sin utilizar laca lograba mantener su afro en óptimas condiciones, siempre viendote a través de sus lentecitos redondos remendados (los cuales no se quitaba ni para surfear). 

Carlos, mirando al mundo desde sus lentes redondos.


Nacido en Ecuador, venido de una familia de políticos, Carlos decidió emprender su viaje indefinido hace aproximadamente un año, con una mochila en la espalda y sin planes de tomar algún avión comenzó su camino. Había recorrido varios países, Colombia, Perú, Brasil, y finalmente llegó a Venezuela, donde llevaba unos 20 días instalado en Cuyagua, alegando que la semana siguiente iba a vender una bicicleta que tenía para financiarse un ferry que lo llevara a La Isla de Margarita. Pudo contarme muchas anécdotas de sus viajes, personas que conoció, lugares que nunca iba a olvidar, lo difícil que se le habían hecho algunos trechos y lo increible de las experiencias que había vivido. Viviendo a punta de la venta de artesanías y libros, asi como de la pesca y alguna que otra empanada, Carlos hacía su hogar de cada playa que visitaba, aproveché de comprarle un libro "La Habana Sin Tacones" de María Elena Lavaud, el cual devoré en el regreso a la ciudad. Con aire tranquilo Carlos escondía su rebeldía a los parámetros sociales entre sus dientes siempre pelados, pudimos compartir y debatir varias opiniones entremezcladas con historias, parando de vez en cuando la conversación si alguna brisa nos hacía suspirar y ver al mar. Cuando mis amigos salieron empapados cargando las tablas nos sentamos en la arena a comer alguna frutica que trajimos. Mientras ellos descansaban y conversaban sus logros sobre las olas yo me fijé en la montaña al final de la playa, donde en la cima había como una mínima choza de palos que nunca había notado. Carlos nos dijo que era "el mirador", y que la vista era increible. No tuvimos necesidad de que nos vendieran más la idea para comenzar la caminata. La playa tiene esa trancisión entre arena y piedritas pulidas de todos los colores y tipos, suavecitas al tacto, haciendo del suelo un mosaico milenario cuyas protagonistas son minerales viajeros que, como Carlos, decidieron establecerse en Cuyagua. Pasamos al lado de una casita abandonada que sirve de museo urbano para los graffiteros locales, ¡encontrándonos un camino en subida que brillaba al sol! Las rocas que lo formaban eran grises, con pequeñas superficies plateadas que reflejaban la luz como miles de estrellas en tierra (por ahí dicen que eso puede llamarse Moscovita).

La Casita

Bromelias pinchudas

La vía se llenó de vegetación protagonizada por cactus y Bromelias (puras plantas pinchudas), bellísimas, pero que los mosquitos no nos dejaron detenernos mucho tiempo a ver. 

¿Mosquitos?





Después de un ratico y de algunas picadas salimos del bosquecito para recordar nuevamente que estabamos en la costa, nos encontramos con la chozita escuálida, que brindaba sombra ante el sol de mediodía, y parados ahí, GUAO, nos encontramos con una vista increíble, la inmensidad del mar desde arriba, lo sutil de la playa abajo. Desde el risco se podían ver absolutamente todas las tonalidades de azul que nuestros ojos humanos nos permitian diferenciar. El mar salvaje parecía domesticado.


 Desde aquí, nos contó Carlos, los pescadores veían a los cardúmenes de peces en la madrugada, para ubicar sus presas antes de echar las redes. Nos tomamos un momento para disfrutar el estar sentados frente al mar manso, compartimos un "dulce de coco" que nos dió carlos, una mezcla de coco con más coco y leche condensada, diciéndonos que lo hacía una señora en una de las casitas del pueblo, uno de sus bocadillos venezolanos favoritos.

"-No puedo jugar contigo- dijo el zorro - No estoy domesticado."- El Principito


¿Cuál habrá sido su bocadillo favorito en Colombia, o Perú?  ¿En cuántos rincones escondidos como éste se habrá sentado a ver el mar? el mismo mar, tan igual y tan diferente, como Cuyagua, tan distinta desde el agua como desde la arena. Suena descabellado ir por el mundo a lo loco, como Carlos, pero al final del día ¿no son las aventuras lo que realmente recordamos? El calor de la gente y el frio del viento, sentir. Quizás no vaya a irme por el mundo de playa en playa, pero ¿por qué no agregarle un poco de aventura al día a día? No parar de descubrir hace la vida emocionante.

Y más allá del horizonte quedan muchas costas por recorrer.



Allí sentada viendo a mis amigos hablar tranquilamente con Carlos pensé que probablemente sea la última vez que lo vuelva a ver, y se convertirá simplemente en una más de mis historias, quizás yo me convierta en una de las tantas de él. Extrañamente, más que tristeza, es una alegre melancolía, como una chispa de presente que anhela las aventuras del futuro. Una pequeña historia de un rincón escondido en cuyagua, ¡cuántas más faltan por vivir!

La acuarela de Dios.



¡Quiero enamorarme de lugares que aún no he visto y de personas que aún no conozco!

Gala

martes, 28 de octubre de 2014

Cuyagua desde el agua: el reino de las olas

Interrumpimos el aura apacible del amanecer sobre el mar con nuestra llegada, tratando dentro de lo que cabía en nuestras posibilidades, de otorgarle la solemnidad que se merecía el momento. Inhalamos el aire aliñado de salitre, tan puro y empalagoso al mismo tiempo, como quitándonos el peso de la ciudad que llevábamos a nuestras espaldas con cada paso en la arena, suavizando su saludo conforme nos acercábamos a la orilla.




Cuyagua es una de las playas más visitadas en la Costa de Oro aragueña, amada y cuidada por los locales, quienes no escatiman en amenazar para quien llegue con intenciones de perturbar la paz sel lugar (los carteles de bienvenida a la playa muy en claro lo dejan) a la cual se llega después de una tortuosa carretera que mantendría despierto al copiloto más dormilón, no sólo por sus irremediables piscinas de asfalto, sinó por la onírica vegetación de bosque nublado en la que te envuelve el parque nacional Henri Pittier (una de las reglas de la vía, es ir con los vídrios abajo). Es conocida por muchas cosas, sus empanadas, sus conservas, sus besitos de coco, sus hippies viajeros, sus pescadores locales... Pero por sobre todas las cosas es conocida por su principal atractivo: Las olas.


Los pescadores salen a traer su pesca diaria y, por qué no, uno que otro cuento de mar abierto


A Cuyagua van cada año miles de personas, desde expertos hasta aficionados, a probar su destreza sobre una tabla, y nosotros no fuimos la excepción. Mis amigos, surfistas cuyagueros fiebruos, no ocultaron su rostro de decepción al ver que la playa nos recibió con una mansedumbre poco usual, mostrándonos unas olas que a cualquier surfista con experiencia no le harían ni cosquillas en los pies, pero que yo en mi emoción de novata veía como los tsunamis perfectos para aprender el arte de "tragar agua por diversión" como llegué diciéndole al deporte. Lo cierto es que verlo y hacerlo son dos cosas tan distintas como dormir en carpa y dormir en chinchorro. Siempre le he tenido mucho respeto al mar, y entrar con una tabla para jugar a ser señora de las olas era algo completamente nuevo e intimidante para mi. 



Héctor y Luis
Contando sólo con dos tablas, nos turnamos para esar en el agua, anhelando ellos alguna ola que les valiera una buena foto





Primero los nervios terribles mientras luchas por mantenerte sentado en la tabla, inestable ante el agua en movimiento, dándote el tiempo de imaginar los peores escenarios posibles que involucren tragar mucha agua, revolcadas, golpes, y el mayor miedo de los novatos como yo: la punta asesina. Ahí viene la ola, te volteas mirando a la orilla, deseando que te agarre y que no te agarre al mismo tiempo ¿será que la dejo pasar? No, los gritos de ánimo de mis compañeros me impulsaban, asi como me impulsaba la adrenalina de los nervios (el miedo también puede ser un motor) "¡agarra esa, rema, nada!" Era lo que oía, y yo con el pecho separado de la tabla, las piernas inmóviles y los escuálidos brazos a mil sentía cómo luchaba por mantenerme en un sólo sitio, mientras la  garganta de la ola me echaba hacia atrás, como buscando tragarme, y justo cuando pensé que la tenía, una elevación y la falta de tensión me mostraron a una olita que me daba la espalda, la perdí,  y así paso con la segunda, tercera, pero a la cuarta después de las correcciones que me hacían mis amigos (quienes si agarraron algunas) al sentir el jalón de la ola respiré hondo para barrer esa angustia que me apretaba el pecho, y remando con todas mis fuerzas lo sentí, la ola literalmente te agarra, y entonces dejas de pensar, te dejas llevar. Mi grito de euforia al salir empapada y llena de arena cuando luego de varias caidas logré pararme en la tabla y mantenerme unos segundos (que para mi se sintieron como horas) se escuchó en toda la playa, mis amigos aplaudieron sonriendo ante mi minúsculo y torpe logro, incluso Carlos, un hippie viajero ecuatoriano que siempre se sienta con nosotros aplaudia desde la orilla con su sonrisa de marfíl. 

"¿Cuándo fué la última vez que hiciste algo por primera vez?" 

"¿Cuándo fué la última vez que descubriste algo?" 

Son preguntas que trato de hacerme cáda vez que la rutina absorbe mi día a día, cuando el concreto me hace olvidar la arena, cuando los edificios me hacen ignorar a los árboles, cuando el humo me cambia el color del cielo, cuando me siento adulta y dejo de hacerme preguntas. Dios nos hizo así, llenos de dudas, llenos de ganas de aprender, y nos regaló un mundo hermoso para que no dejaramos de sorprendernos y ver lo hermoso que El es.

Descubrir, aprender, vivir ¿es tan difícil respirar hondo y olvidarnos del miedo?

Aquí acostada sobre la tabla que me arrulla con su vaivén de mar de mediodía, ahora más estable que nunca, sintiendo el frío uniforme del agua salada meciendome los pies, y el sol que me empeño en llamar "venezolano" arropándome la cara, es inevitable sonreír al descubrir que el reino de las olas que tanto me atemorizaba resultó ser una quimera de descargas hormonales, algo tan emocionante y relajante al mismo tiempo. Logré pararme dos veces de las nosecuantas olas que agarré. No recordaba ni una sola de la revolcadas, ni se cuánta agua tragué, mucho menos recibí golpes de la punta que ya no veía tan puntiaguda, sólo recordaba la sensación de vértigo y emoción cuando lo logré, los pies sobre la tabla que se deslizaba, el agua fría que te recibía al caer, y la alegría con la que sacabas la cabeza a respirar. Pero sobretodo, recordaba con ambiguedad el momento exacto en el que dejaba de sentir miedo.



"Vamos al mar,
Vamos a dar vuelta a antiguas vitrolas
Vamos pedaleando contra el viento,
Detrás de las olas"

miércoles, 8 de octubre de 2014

Roraima desde arriba: En la cima del mundo

Hay cosas que son super difíciles de describir, como el olor de tu flor favorita, la mirada curiosa de un niño cuando descubre algo, esa sensación que da cuando escuchas tu canción favorita, esos momentos que dan vértigo y calma al mismo tiempo. Estar en la cima de Roraima, es uno de ellos.

Dame calma y dame vértigo


Montamos el campamento en el "Hotel sucre", el cual simplemente consiste en unas saliencias pétreas que evitaban que nuestras carpas se innundaran ante cualquier chaparrón. La cocina estaba a la izquierda, las carpas a la derecha, y la vista marciana en frente, donde los caminos rosados tal cual cuento Grimmesco sobre la piedra negra, debido a el paso incesante de los turistas que diariamente hacen un poco menos virgen al tepuy, nos guiaron durante nuestra estadía. 

Sólo expongo aquí uno de los días plasmados en mi bitacora, aún impregnada del olor húmedo del liquen, y como un abrebocas, parafraseo una frase bastante atinada que escuché en la bellísima película de producción nacional "La distancia más larga"

"Es como estar en la cima del mundo, pero mejor"

DIA 6  25/08/2014   Cañón del guácharo-Abismo-Cueva Hotel del Guácharo-Cueva Ojos de Cristal
"Hoy nos levantamos tarde, como a las 7:00am, dormí mucho mejor que ayer (A Mariana le tocó el medio y durmió malísimo). Abrimos los ojos dentro de una nube que no nos dejaba ver ni siquiera las piedras que teníamos en frente. Mariana y yo nos levantamos a hacer el desayuno, pero encontramos ya en la cocina que Giuseppe nos había robado el trabajo. Igual coronamos unas Domplinas que estaban comiendo los pemones, las cuales son como arepitas andinas hechas con harina de trigo, sal, azúcar y agua, excelentísimas. Comimos avena, nuestro desayuno habitual, con un poquito de granola que sobró de ayer. A las varguistas Hernán les llevó el desayuno a la carpa, super consentidas. Ahí mismo salimos armados con nuestros bolsos de ataque y nuestros impermeables tras Frank y Elías al Cañón del Guácharo. El camino fué subidas y bajadas entre las piedras, yo con las crocs de Cristina porque mis zapatos habían muerto (A mala hora descubrí que la humedad es la peor enemiga de las suelas). Al principio estaba algo amargada por el incidente, pero con cada paso por el camino rosado y cada Drosera que me daba los buenos días mi ánimo mejoró.
Drosera roraimae, plantita carnívora abundante en la cima, esperando con sus garritas algún insecto distraido

En el camino la pobre Andrea se dobló la rodilla, por lo que tuvo que quedarse mientras los demás continuábamos entre grietas que tenían un mundito con vegetación propia, hasta que entre rocas surgió una enorme, de 300mt de profúndidad, cuya imponencia te hacía poner el corazón chiquitito. Nos tuvimos que apoyar sobre una roca que estaba a una corta distancia del borde para asomarnos al fondo, donde los pajaritos ciegos cantaban con chillidos exponenciales, haciendo eco de su historia y sus misterios no resueltos. ¿De dónde vienen? ¿Qué comen? ¿Cómo habrán llegado allí? Cosas que aún no se saben, pero que su incógnita emociona.
Los Guácharos cuentan sus secretos entre canciones resonantes. Foto por: Mariana Lombana

Tomamos varias fotos y dimos vuelta atrás. Frank se regresó al campamento con Andrea, Ray y María, mientras que los demás seguimos hacia un abismo que había cerca. En el camino comenzó a llover, por lo que Elias nos llevó a un Hotel llamado "El Guácharo" donde nos refugiamos. Nos dió curiosidad una entrada de cueva que tenía el hotel, asi que guiados por Elías y por las ganas de explorar entramos con las únicas 3 linternas que teníamos. Fué emocionante, tuvimos que arrastrarnos para pasar por una parte super estrecha, me imaginaba a mi abuelo en caminos como este, pero jamás tocados por el hombre, llegamos a una recámara donde, si apagabamos la luz, no veíamos ni la palma de nuestra mano, sin poder diferenciar el tener los ojos abiertos de los ojos cerrados, tratamos de sumegirnos en el aura milenaria del silencio, pero algunas risitas, quejidos y bromas lo impidieron. En nuestro camino de regreso nos encontramos con una cruz hecha de piedras, y con un sustico interno salimos preguntándonos qué haría allí.
En la cima del mundo, foto por: Mariana Lombana

 Nos encontramos afuera con William y Cristina I que no habían entrado, junto con un grupo de personas que llegaron a instalarse en el hotel. El guía caraqueño al vernos emerger con la curiosidad en el rostro nos recomendó ir a  la "Cueva Ojos de Cristal" que no quedaba muy lejos. Me emocioné mucho, pues ya había leído de ella en el libro de mi abuelo. Antes de esa aventura Elías nos llevo al Abismo, al cual llegamos a los 5 minutos de camino, recibiéndonos una niebla densa que se disipó al poco tiempo, ofreciéndonos la mejor vista del viaje, con la sabana infinita extendiéndose más allá de Paraitepuy y el Kukenam al lado bañado de nubes, fué increible estar en la cima del mundo. Tomamos fotos entre vértigo, risas y asombro, compartiendo los snacks que nos quedaban. Abajo vimos campamento base, lleno de personas queriendo subir, emocionadas imaginándose lo que  conocerán, asi como yo lo estaba en su momento. Me siento alguien diferente aquí arriba, mis ansias de conocer se multiplicaron, mi curiosidad se ha duplicado, y mis ganas de vivir no se comparan con nada, este viaje ha sido una bendición gigante.
Caminamos hacia la cueva  Ojos de Cristal, la cual fué descubierta por unos checos hace como diez años, evento que causó revuelo en la sabana. Bajamos por unas piedras que escondían la entrada húmeda llena de helechos, como sacada de un libro de mi abuelo. Entramos uno detrás de otro viendo las grietas profundas llenas de agua con el murmullo de alguna pequeña caída. Nos encontramos con los "Ojos de cristal", unos huequitos misteriosos a través de los cuales se ilumina el agua con la luz de la linterna, llegamos al final a una recámara llena de grietas, con dos cascaditas y una cueva subterránea cubierta por aga. Es increíble pensar en todas las cosas que quedan por descubrir, me imagino lo que habrán sentido los que pisaron esta cueva por primera vez. Salimos como emergiendo del centro de la tierra, nos encontramos esos grillitos ciegos, como el Hydrolotus brewerii, nadando y andando, me gusta que aquí haya gente que comparta mis excentricidades y curiosidades, ser movidos por lo mismo es genial. Regresamos al campamento, yo pisando a duras penas por mi pie adolorido. Tomamos un almuerzo tardío riquísimo de pasta con atún, aprovechando luego para conversar y descansar, algunos subieron a la parte alta del hotel, pero en no mucho la lluvia nos llevó a refugiarnos en la carpa y en las conversaciones tranquilas. La cena la preparamos Mariana y yo, la cual consistió en arepitas hechas con la poca harina PAN que nos quedaba y uno de los 3 paquetes de avena que sobraba. Quedaron ricas, nos las comimos con el diablito que sobró (Como 6 paquetes) y Rikesa. Tomamos manzanilla caliente mientras Frank nos enseñaba palabras en Pemón (William también nos enseño algo, ¡una canción en chino!) y la cultura indígena, acerca de lo cual pudimos reflexionar bastante, ya que es evidente que en unos años, las verdaderas tradiciones indígenas se habrán perdido. Con cada palabra mis ganas de conocer a más gente como el, gente de otras culturas, aumenta. Nos dirigimos en la oscuridad a nuestras carpas. Este viaje ha sido lo mejor, no quiero regresar, ya estamos planeando nuestras próximas aventuras. Para terminar, fuimos a dormir "Con línea directa al cielo de tantas estrellas" (Un pequeño fragmento del diario de Francisco)"

Gala

domingo, 28 de septiembre de 2014

Roraima, desde abajo: la gran montaña azul

¿Recuerdan la primera vez que se enamoraron? Esas cosquillitas en la barriga cuando sabias que ibas a ver al susodicho, ese temblorcito interno que llenaba de angustia y emoción tu mente adolescente, imaginando escenas de película que narraban cómo sería ese encuentro, ese contacto visual, y más atrevidamente, ese primer beso. Una ansiedad divertidísima super parecida fué la que estuvo persiguiendome durante más de un mes, el día que me invitaron a uno de los viajes más increibles que he hecho: Roraima.

El libro que escribió mi abuelo acerca de Roraima fué mi fiel acompañante durante los preparativos previos al viaje, y claro, la ayuda y experiencia de mi mamá tampoco podía faltar.

La aventura comenzó con sólo esa invitación, ya que del grupo de 15 personas, apenas conocía a dos, pero eso más bien le agregó un condimento de emoción al viaje imaginario, con el que soñé desde el día uno hasta el momento de subirme al autobús. Nos montamos sobre los hombros nuestras mochilas cargadas con algo de peso, poquísima ropa y llenas de entusiasmo. Tomamos un autobús que salía de Puerto La Cruz hasta San Francisco de Yuruaní, un pueblito turístico donde las artesanías y las empanadas contimentadas (con bachaco creo yo) cobran protagonismo, asi como los pemones que le ofrecen a los turistas un poco de tradicionalidad mezclada con los efectos infalibles de la globalización, que a la mayoria de los visitantes para nada incomodan, sintiéndose aventureros con sólo probar un vestígio de lo que son las costumbres indígenas. Después de un viaje tortuoso llegamos, y de allí sin descansar tomamos un jeep hasta Paraitepuy, que en pemón significa "Sandalia" ya que según sus leyendas, ahí fué donde uno de sus tantos dioses dejó sus sandalias para descansar. Se trataba de una comunidad pequeña, con casitas distribuídas entre colinas que dirigian los senderos por conucos y planchas con casabe fresco, bajo la mirada inocente de morenos niños achinados, quienes nos sonreían con pena y curiosidad, ocultándose detrás de sus manitos tiernas o apartando la mirada entre risas, todo tenía un aura interesante, pero no te dabas cuenta de su verdadera mística hasta que subías la mirada y veías hacia el frente. Sentí el corazoncito bailando miles de canciones juntas cuando lo vi, al que tenía tanto tiempo queriendo conocer. Entre las nubes que llenaban un cielo antipáticamente gris se asomó un tepuy tímido, dándonos la bienvenída. Ahí fué donde realmente comenzó todo.

El cielo de Roraima en agosto no siempre sonríe, ya que es temporada de lluvia


Roraima, la gran montaña azul (rora-ima) para los pemones, intacta, sabia y milenaria.
No puedo describir lo que fué todo mi viaje, uno de los mejores que he hecho, uno que aviva la pasión juvenil escondida hasta en el más anciano. He aquí uno de los días, antes de subir al a cima, tomado de mi fiel diario, quien permaneció seco desde el primero hasta el último día. El viaje consistió en tres días subiendo, tres días en la cima y tres días bajando.



DIA 3 12/08/2014.      Kukenam-Campamento Base
" Estoy escribiendo desde la carpa de Cristina y Francisco, a donde vinimos Mariana y yo para conversar y escribir un poco. Hoy nos levantamos a las 6:00am, con un clima tan rico que sólo el cielo azúl fué lo que me motivó a salir de mi sleeping, ante las quejas en broma de Mariana. Recogimos todo rapidito, desayunamos bollitos con diablito (buenísimos) aprovechándolos al máximo bajo la advertencia de que no comeríamos hasta llegar a la base. Me puse la ropa mojada, pero con lo caliente del sol se secó en un dos por tres, y con lo lindo del día lo que provocaba era darse un chapuzón en el rio helado, sin importar  mojarse otra vez. Emprendimos la marcha entre bromas donde el pudor definitivamente no nos acompañó, y el bullying colectivo era el protagonista, nadie se salvó. Caminamos con la vista fija en el tepuy y los ánimos a mil. La mayor parte del camino estuve atrás con Marco y Mariana, y otras veces anduve sola, parando a veces para recoger agua en algún riachuelo semivirgen que encontrara. Marco nunca dejó de estar pendiente de los que se quedaban atrás, realmente se portó como un super buen organizador.Cada vez nos acercábamos más y más a Roraima, aumentando exponencialmente la emoción de conocerla. 
Entre subidas y bajadas el rio Kukenam con sus aguas turbulentas nos dió la bienvenida. Cruzarlo a pie agarrado de una cuerda es parte divertida de la aventura


Muchas veces que me queda sola veía hacia adelante, casi sin creer que estaba frente a ese gigante milenario, cada paso más cerca. Disfruté muchísimo mi soledad, parando para fijarme en los detalles, la vegetación baja y los troncos quemados, que Thilo (el hijo del guía), me contó fueron árboles de un bosque que se quemó, dándo orígen a la sabana. Andar sola y andar acompañada eran como dos viajes distintos, donde disfrutaba de modos diferentes, pero ambos me encantaban. Al tiempo de caminata me comenzó a doler mucho el pie, pero sin embargo llegué bajo la lluvia a la base, pudiendo apreciar una de las vistas que más me ha dejado sin aliento en mi vida. Me quité las botas, armé la carpa con Francisco, y andamos descalzos, embarrialados y felices por el campamento. La zona de nuestras carpas estaba llena de barro, quedaba al lado de una chozita donde pusimos los bolsos y la cocina. Habían otras mejores, pero eran para aquellos que habían pagado más, la vida del estudiante es dura. Igual estábamos felices. 
Debo confesar que apenas vi el anuncio de inparques que decía "bienvenidos a campamento base"  el suspiro que dí fue bastante de alivio, estábamos cansados. Nos tomamos muchas fotos que no daban justicia a lo que veíamos: un tepuy despejado, inmenso, con su pared rajada de colores terrosos, sus saltos cayendo como hilos blancos, las nubes como gorgoteante espuma bajaban de la cima, y el bosque a sus pies. Ojalá pudiera retratarlo, describirlo, pero son cosas que sólo se entienden cuando se ven, inexplicables. 


Sin palabras

Almorzamos lo que estaba planeado para la cena ya que teníamos MUCHA hambre, pasta con atún y vegetales, buenísima, y las bromas entre los miembros para nada discretos de nuestro grupo hicieron que me doliera la barriga de tanto reír.
Olvidé mencionar que me emocioné muchísimo con el cambio de vegetación, sobretodo cuando vi por primera vez en persona una Stegolepis guianensis. En cierto momento apareció un hippie simpático y coqueto que habíamos visto en Kukenam, y que sabía bastante de fauna y flora. Nos enseñó varias plantas, entre ellas la Epidendrum secundum que tanto deseaba conocer, y que en libros se veía mucho más grande, el sabía mucho, y resulta que conocía a mi abuelo, para rematar era medio primo mio, Ricardo Capriles se llamaba, ese apellido que nos une a todos los de venezuela, excusa que usamos desde entonces para llamarnos primos entre todos, que pequeño el mundo, ¡incluso cuadranos con él alguna subida al pico Humboldt!. Al anochecer brindamos con Toddy por nuestra llegada y el cumpleaños de Mei, motivo por el cual también le picamos una tortica super cuchi de zanahoria. Jugamos entre todos a "la eliminatoria" como si estuvieramos en un reality show, cuyas reglas y motivos para eliminar desconocíamos, pero que nos divirtió de todos modos. Después de eso calabaza calabaza, cada quien para su carpa. Para cerrar con broche de oro, la noche estaba indescriptiblemente bella, salpicada de infinitas estrellas. Vimos satélites, estrellas fugaces, y nos permitimos soñar despiertos por un ratico, aunque nadie estaba dispuesto a echarnos algún cuentico o anécdota fantasiosa, asi no fuera verdad, pero sólo para ayudarnos a hacer volar nuestra imaginación un poquito más. Ahorita Mariana y yo estamos en carpa ajena, conversando hasta que nos venza el sueño. Éste viaje ha sido lo máximo, y me emociona el solo pensar en todo lo que vendrá" 
Gala