domingo, 28 de septiembre de 2014

Roraima, desde abajo: la gran montaña azul

¿Recuerdan la primera vez que se enamoraron? Esas cosquillitas en la barriga cuando sabias que ibas a ver al susodicho, ese temblorcito interno que llenaba de angustia y emoción tu mente adolescente, imaginando escenas de película que narraban cómo sería ese encuentro, ese contacto visual, y más atrevidamente, ese primer beso. Una ansiedad divertidísima super parecida fué la que estuvo persiguiendome durante más de un mes, el día que me invitaron a uno de los viajes más increibles que he hecho: Roraima.

El libro que escribió mi abuelo acerca de Roraima fué mi fiel acompañante durante los preparativos previos al viaje, y claro, la ayuda y experiencia de mi mamá tampoco podía faltar.

La aventura comenzó con sólo esa invitación, ya que del grupo de 15 personas, apenas conocía a dos, pero eso más bien le agregó un condimento de emoción al viaje imaginario, con el que soñé desde el día uno hasta el momento de subirme al autobús. Nos montamos sobre los hombros nuestras mochilas cargadas con algo de peso, poquísima ropa y llenas de entusiasmo. Tomamos un autobús que salía de Puerto La Cruz hasta San Francisco de Yuruaní, un pueblito turístico donde las artesanías y las empanadas contimentadas (con bachaco creo yo) cobran protagonismo, asi como los pemones que le ofrecen a los turistas un poco de tradicionalidad mezclada con los efectos infalibles de la globalización, que a la mayoria de los visitantes para nada incomodan, sintiéndose aventureros con sólo probar un vestígio de lo que son las costumbres indígenas. Después de un viaje tortuoso llegamos, y de allí sin descansar tomamos un jeep hasta Paraitepuy, que en pemón significa "Sandalia" ya que según sus leyendas, ahí fué donde uno de sus tantos dioses dejó sus sandalias para descansar. Se trataba de una comunidad pequeña, con casitas distribuídas entre colinas que dirigian los senderos por conucos y planchas con casabe fresco, bajo la mirada inocente de morenos niños achinados, quienes nos sonreían con pena y curiosidad, ocultándose detrás de sus manitos tiernas o apartando la mirada entre risas, todo tenía un aura interesante, pero no te dabas cuenta de su verdadera mística hasta que subías la mirada y veías hacia el frente. Sentí el corazoncito bailando miles de canciones juntas cuando lo vi, al que tenía tanto tiempo queriendo conocer. Entre las nubes que llenaban un cielo antipáticamente gris se asomó un tepuy tímido, dándonos la bienvenída. Ahí fué donde realmente comenzó todo.

El cielo de Roraima en agosto no siempre sonríe, ya que es temporada de lluvia


Roraima, la gran montaña azul (rora-ima) para los pemones, intacta, sabia y milenaria.
No puedo describir lo que fué todo mi viaje, uno de los mejores que he hecho, uno que aviva la pasión juvenil escondida hasta en el más anciano. He aquí uno de los días, antes de subir al a cima, tomado de mi fiel diario, quien permaneció seco desde el primero hasta el último día. El viaje consistió en tres días subiendo, tres días en la cima y tres días bajando.



DIA 3 12/08/2014.      Kukenam-Campamento Base
" Estoy escribiendo desde la carpa de Cristina y Francisco, a donde vinimos Mariana y yo para conversar y escribir un poco. Hoy nos levantamos a las 6:00am, con un clima tan rico que sólo el cielo azúl fué lo que me motivó a salir de mi sleeping, ante las quejas en broma de Mariana. Recogimos todo rapidito, desayunamos bollitos con diablito (buenísimos) aprovechándolos al máximo bajo la advertencia de que no comeríamos hasta llegar a la base. Me puse la ropa mojada, pero con lo caliente del sol se secó en un dos por tres, y con lo lindo del día lo que provocaba era darse un chapuzón en el rio helado, sin importar  mojarse otra vez. Emprendimos la marcha entre bromas donde el pudor definitivamente no nos acompañó, y el bullying colectivo era el protagonista, nadie se salvó. Caminamos con la vista fija en el tepuy y los ánimos a mil. La mayor parte del camino estuve atrás con Marco y Mariana, y otras veces anduve sola, parando a veces para recoger agua en algún riachuelo semivirgen que encontrara. Marco nunca dejó de estar pendiente de los que se quedaban atrás, realmente se portó como un super buen organizador.Cada vez nos acercábamos más y más a Roraima, aumentando exponencialmente la emoción de conocerla. 
Entre subidas y bajadas el rio Kukenam con sus aguas turbulentas nos dió la bienvenida. Cruzarlo a pie agarrado de una cuerda es parte divertida de la aventura


Muchas veces que me queda sola veía hacia adelante, casi sin creer que estaba frente a ese gigante milenario, cada paso más cerca. Disfruté muchísimo mi soledad, parando para fijarme en los detalles, la vegetación baja y los troncos quemados, que Thilo (el hijo del guía), me contó fueron árboles de un bosque que se quemó, dándo orígen a la sabana. Andar sola y andar acompañada eran como dos viajes distintos, donde disfrutaba de modos diferentes, pero ambos me encantaban. Al tiempo de caminata me comenzó a doler mucho el pie, pero sin embargo llegué bajo la lluvia a la base, pudiendo apreciar una de las vistas que más me ha dejado sin aliento en mi vida. Me quité las botas, armé la carpa con Francisco, y andamos descalzos, embarrialados y felices por el campamento. La zona de nuestras carpas estaba llena de barro, quedaba al lado de una chozita donde pusimos los bolsos y la cocina. Habían otras mejores, pero eran para aquellos que habían pagado más, la vida del estudiante es dura. Igual estábamos felices. 
Debo confesar que apenas vi el anuncio de inparques que decía "bienvenidos a campamento base"  el suspiro que dí fue bastante de alivio, estábamos cansados. Nos tomamos muchas fotos que no daban justicia a lo que veíamos: un tepuy despejado, inmenso, con su pared rajada de colores terrosos, sus saltos cayendo como hilos blancos, las nubes como gorgoteante espuma bajaban de la cima, y el bosque a sus pies. Ojalá pudiera retratarlo, describirlo, pero son cosas que sólo se entienden cuando se ven, inexplicables. 


Sin palabras

Almorzamos lo que estaba planeado para la cena ya que teníamos MUCHA hambre, pasta con atún y vegetales, buenísima, y las bromas entre los miembros para nada discretos de nuestro grupo hicieron que me doliera la barriga de tanto reír.
Olvidé mencionar que me emocioné muchísimo con el cambio de vegetación, sobretodo cuando vi por primera vez en persona una Stegolepis guianensis. En cierto momento apareció un hippie simpático y coqueto que habíamos visto en Kukenam, y que sabía bastante de fauna y flora. Nos enseñó varias plantas, entre ellas la Epidendrum secundum que tanto deseaba conocer, y que en libros se veía mucho más grande, el sabía mucho, y resulta que conocía a mi abuelo, para rematar era medio primo mio, Ricardo Capriles se llamaba, ese apellido que nos une a todos los de venezuela, excusa que usamos desde entonces para llamarnos primos entre todos, que pequeño el mundo, ¡incluso cuadranos con él alguna subida al pico Humboldt!. Al anochecer brindamos con Toddy por nuestra llegada y el cumpleaños de Mei, motivo por el cual también le picamos una tortica super cuchi de zanahoria. Jugamos entre todos a "la eliminatoria" como si estuvieramos en un reality show, cuyas reglas y motivos para eliminar desconocíamos, pero que nos divirtió de todos modos. Después de eso calabaza calabaza, cada quien para su carpa. Para cerrar con broche de oro, la noche estaba indescriptiblemente bella, salpicada de infinitas estrellas. Vimos satélites, estrellas fugaces, y nos permitimos soñar despiertos por un ratico, aunque nadie estaba dispuesto a echarnos algún cuentico o anécdota fantasiosa, asi no fuera verdad, pero sólo para ayudarnos a hacer volar nuestra imaginación un poquito más. Ahorita Mariana y yo estamos en carpa ajena, conversando hasta que nos venza el sueño. Éste viaje ha sido lo máximo, y me emociona el solo pensar en todo lo que vendrá" 
Gala


viernes, 11 de abril de 2014

Caracas camaleónica

Caracas. Caracas. Caracas. Una palabra que estoy segura tiene un agridulce significado para muchos, inclúyome en ese gran grupo. Una ciudad que tiene la virtud de hacernos sentir la pertenencia propia de un acogedor hogar, entre sus sapitos que cantan en las noches haciendole fondo musical al mar de luces titilantes y móviles, rojas, naranja, amarillas y blancas que bailan al son del frio caraqueño, a los pies de un Ávila imponente. Si, esa es mi Caracas, la Caracas del este con el Ávila de Altamira, la Caracas del oeste con San Bernardino a tus faldas, una ciudad con la habilidad de ser tan temida como amada.

Enmascara con sutileza su peligro al caminar por las calles empedradas del centro, acogiendo la mirada curiosa del espectador. No pude ocultar mi sonrisa muda ante el esplendor de la Asamblea, con sus estatuas centenarias con los ojos vendados, guardando esa justicia que el pueblo lleva años exigiendo, pero que ha sido opacada por vendedores ambulantes frente a los letreros políticos, adornados con arte callejero irreverente, una de las pocas formas de expresión social que realmente está a la vista de todo el mundo.

El metro, esa bestia escondida en las entrañas de la ciudad, que te empuja a su interior vestido como caja de pandora, sin clave alguna de lo que se podrá encontrar en su interior, donde algunas veces se entra caminando o se entra flotando en un tumunto de gente, quejidos y sudor. Se podría escribir un gran libro sólo describiendo a los personajes que diariamente entran a los vagones del metro, cazando puestos vacíos, cediéndolos a las embarazadas barrigonas, y algunos más gentiles a los ancianos arrugados. El metro es un tema tan interesante, que preferiría hacer un post dedicado exlusivamente a él.

Bajamos del vagón con la misma inercia con la que subimos, en nuestra ida a la estación de Antímano decidimos hacer una parada como inexpertos turistas en la estación de Capitolio, encontrandonos en el exterior con la Caracas humana y desordenada, de múltiples olores y colores, con basura rodeando a los vendedores de jugo, a las madres cargando a sus muchachitos y a los que se daban una siesta en el piso, producto de una noche pasada en licores. Caminamos entre la gente dudosos de nuestro rumbo, guiados por una amiga que conocía la zona. Con los sentidos alerta, como si de una jungla se tratara llegamos a la plaza O'leary hermosa y mantenida, con sus fuentes y bancos ocupados (¿Sabían que las fuentes de las plazas fueron diseñadas para refrescar el ambiente en las mismas? Y qué acertado, buen dato de un futuro arquitecto) nos quedamos absortos en toda la infraestructura que rodeaba a la plaza, incluído el majestuoso teatro Junín, y por un momento nos imaginamos en los viejos años de la ciudad de los techos rojos, esperando para entrar a una función llena de risas, chismorreo y peinados extravagantes. Pero al salir de nuestro viaje en el tiempo caímos en cuenta de que ya las cosas no son iguales, y que llevábamos mucho tiempo en el mismo sitio, era hora de moverse. Cómo han cambiado los tiempos.


Teatro Junín 1954

Con melancolía vieja como la ciudad en el alma, seguimos nuestro camino hasta llegar a las escaleras del Calvario, son tan largas como dicen, desde abajo no se ve lo que hay arriba, sólo unas enormes letras en colores nacionales que citan "TE QUIERO CARACAS". Tardamos algunos minutos en subir, pisando entre mugre y olor a orine, pero al llegar a la cima, a pesar de las respiraciones forzadas el sentimiento es de dominancia mundial, la vista es hermosa, y al mirar hacia atrás, un camino de asfalto entre montones de árboles incentivó nuestra curiosidad, y seguimos caminando, para descubrir uno de los sitios más hermosos y escondidos de Caracas, sin duda, para mi, uno de los secretos mejor guardado de la ciudad: el parque Ezequiel Zamora, antiguamente llamado parque El Calvario. 


Alejandro viendo la ciudad


Desde arriba seguimos pasadizos de caminerías y árboles, encontrándonos con bustos de próceres inmóviles e indios furibundos en un ambiente tan agradable que nos permitimos relajarnos simplemente al caminar, se podían ver familias con sus hijos, parejas tomadas de la mano, pasamos por una estación policial y por una pequeña plaza con una fuente, donde jóvenes bohemios le tomaban fotos a un perro local que despreocupadamente se bañaba, todo rodeado de vegetación imponente y personajes ilustres. Captó mi atención la inmortal Teresa, vigía del parque, señora de décadas de sobriedad, con su mirada apacible dándo espaldas al desorden de la ciudad.


Teresa Carreño

Llegamos a la parte externa de una bella capilla amarilla que veía hacia la ciudad, de donde corrimos con nuestra presencia a una pareja que buscaba un momento de intimidad. Nos apoyamos en la baranda de concreto y por unos minutos nadie habló. Caracas, Caracas Camaleónica, los tendederos y edificios de múltiples colores, los gritos, las cornetas, los gestos de amabilidad, el peligro de su gente, el apacible parque donde nos encontrábamos, todo es Caracas.


Parque Ezequiel Zamora, al fondo se observa la capilla amarilla y el cafétín con su anuncio en rojo

Regresamos por donde vinimos parando antes en una hermosa cafetería también allá arriba (de verdad me encantó el lugar) donde nos sacudimos el calor. Al estar de nuevo en la cima del mundo, con las escaleras a nuestros pies y el mar de gente cientos de escalones abajo, decidí dejar un poquito de mi corazón en ese escondido parque, esperando a que algún día vengan tiempos mejores, y pueda decir que mi Caracas Camaleónica cumplió la promesa que le hizo a la Caracas de antaño, la promesa a Teresa, la promesa a sus abuelos, la promesa que sus hijos no hemos cumplido.

"Tanto, tanto que iba a hacer, y me quedé en un canto, canto que no se, si moriré esperando tu volver, o viviré para recibirte con un café"

¿Cómo no voy a esperar, esperarte, esperanza?


jueves, 25 de julio de 2013

Dame una de queso

Un alboroto de voces y fritanga alteran la armonía mañanera de las calles margariteñas. Escondidas bajo el cúmulo de personas abarrotadas se encuentra "La empanadera", cuyas manos emplean esa técnica pasada de generación en generación, para arropar el relleno con una manta de masa, para protegerlo del infierno de aceite en el cual se dará un baño algo cálido. 
Mientras trabaja sin ver, alza su voz ante los pedidos de los clientes, que se amontonan alrededor del puestico, pidiendo sin la mera existencia de una fila, dos de queso, una de carne, tres de cazón, cazón, cazón ¡SABROSO CAZÓN! famosa en los arededores por la sazón particular de éste guiso, ni desabrido ni salado, que prepara su propio esposo en casa todos los días, haciendo completo uno de los negocios familiares más autóctonos de la isla, donde se dice que el sabor del cazón es propio de cada persona, y es uno de los secretos que sólo se le revelan a los hijos que mantendrán futuramente el negocio. Entre risas y chalequeos la empanadera saca los pedidos, con su voz fuerte y mandando tanto a sus hermanas como a los clientes, sin distinción de sexo, raza o color, con esa personalidad de mujer venezolana, fuerte y característica, sin faltar, por supuesto, ese acento oriental que le agrega un toque de sabor.
- sisisi mijo aquí está, eran cinco, cómaselas rápido que se enfrian, ¡pero no ahorita vale, que están muy calientes!... Pero que se quema vale, échele una salsita. ¡Nicelia! ¡Sale una de pabellón!

y entre salsas que uno nunca sabe con certeza de qué son ni con qué están hechas, se fajan las señoras, entre camaradería con los clientes que se rien todos de sus ocurrencias, se pasan los frascos, y hacen que tu desayuno sea toda una comida familiar, con personas que ves por primera y probablemente por última vez en la vida. La esencia de la personalidad venezolana plasmada en una bolsita enchumbada de aceite, en un mordisco volcánico que suelta ese vaporón.
Tuve la osadía (y vaya que doy gracias por eso) de pedir la especialidad de la región: Empanada de pabellón margariteño, tan grande que debes agarrarla con las dos manos, "Más grande que una cachapa" dicen, y con toda la verdad del mundo, pero su tamaño no se compara con su sabor. ¡UFF! no se van a arrepentir de comersela, nisiquiera cuando tengan que comprar el alka-seltzer porque están demasiado llenos.
y para no perder el apetito, acompaña tu empanada con un juguito.

Entre olores y sabores me enamoro más de ti
suspiro, sonrío, escucho, no dejo de sentirte en lo sencillo
eres parte de mí, y de tu esencia estoy hecho
no me lamento, te siento, te siento.

Por cierto, que sabroso es el cazón... ¿Quién puede pedir empanada de queso en la playa? Nunca he entendido eso...

jueves, 18 de julio de 2013

Los peñeros hablan de Margarita

El son de un polo suave, con sus diez versos de ocho sílabas cada uno, forman el aura feliz y autóctona que representa la Isla de Margarita, o como le dicen los locales, "láisla". El calor de mediodía con el sol pelao' se ve como el paraíso para los europeos, quienes reposan como camarones insolados en las orillas de las playas que se ven por la carretera, pero para los que viven por allí en un verano eterno, la sombra de una palmera o una silla a la entrada de la casa (En la acera de la calle) se ve como una propuesta un tanto más tentadora.

Margarita es una isla turística, con grandes centros comerciales, me atrevo a decir que más grandes y con más variedad de tiendas incluso que en la ciudad capital, que de unos años para acá se ha modernizado en muchos sentidos, siendo sinónimo para los visitantes de playa, tiendas, licores y chocolates baratos. Sin embargo, en su gran mayoría, la isla sigue estando congelada en sus más puros orígenes pescadores y pueblerinos, con mujeres que hacen empanadas y hombres que salen a pescar por meses, y regresan con calamares, toritos y cazones. Es una esencia hermosa e ignorada por muchos, que al conocerla hace que te enamores de un modo especial de ésta pequeña parte del país.
A la sombra se sientan los vecinos a discutir las últimas noticias, quién salió con cuál muchachita, que la temporada de turistas ya se acerca o que la época está floja y se está vendiendo poco. Es de lo más común ver a abuelitas en batolas, jefas de la casa, sentadas bien arregladitas con sus kilitos de más, balanceándose en sus mecedoras, escuchando las letras alegres y a la vez melancólicas de un polo que narra desamores entre el hombre y el mar.

La garza prisionera no canta cual solía cantar
en el espacio sobre el dormido mar
su canto entre cadenas es canto de agonía
por qué te empeñas pues Señor su canto en prolongar

Común también es escuchar por las calles sones de cumbias y vallenatos, que adulteran la esencia venezoana mezclándola con la de nuestros numerosos vecinos, pobladores numerosos de éstos pueblos.
Muchas personas adineradas compran casas antiguas de pueblo y les hacen hermosas remodelaciones internas de estilo rústico, dejando el exterior con su fachada de colores clásica.


Pasando por una de mis zonas favoritas, "El Tirano" Se puede observar a lo lejos el cerro Guayamurí, nombrado en lengua guaiquerí como un sitio sagrado donde antiguamente se cree que se hacían ritos indígenas. Decretado parque nacional desde febrero de 1974, es una montaña con una mística innegable que aumentan el soplido constante del viento y la visión de "Los Frailes" a lo lejos cuando se está en sus laderas y amanece el firmamento despejado. Desde lejos quien lo visita por primera vez alega haber visto un volcán, por su forma peculiar y sus siempre fieles nubes de la cima (Generadas por la humedad alta del lugar), pero quien lo conoce de cerca puede darse cuenta que es un inofensivo cerro, lleno de "Pichigueyes" cactus gorditos con fruticas moradas que de niña me encantaba comer, cactus flaquitos, cactus medianitos, cactus puyudos todos, buscando sacar una gota de sangre a cualquier dedo o pierna desprevenida.

En la arena que limita con el mar, los peñeros esperan paciente y aletargadamente a que algún pescador los saque de su reposo, para guiarlos mar adentro con sus estómagos a prueba de mareos, entre las olas y corrientes, llegando a Cubagua, Coche o a ninguna parte.


Pero ¿Quién puede juzgar su eterna espera? si quien no se haya parado frente al mar infininito no puede entender el susurro que llevan las olas a la orilla, que mueren ahogadas o enterradas gritando secretos lejanos, escondidos en la espuma. Cuentan los antiguos peñeros, hoy convertidos en tures o sillas inclinadas donde los pescadores filetean los cuerpos sin vida de lo que una vez fueron peces, que si se presta atención, muy bajito, las olas te contarán historias que traen de altamar, cuentos de monstruos gigantes, diamantes que flotan, reflejos del sol que se convierten en mariposas, y canciones que nadie, absolutamente nadie conoce.





miércoles, 3 de julio de 2013

Y tiene una Z en el medio

"¿Which is that country of yours, again?"
 Dice el gringo, tratando de ubicar en un mapa mental a mi pequeño país al lado de México o Puerto Rico, imaginandose las casas sobre los árboles que usamos para vivir, los abuelos paseándose en guayuco, y los pequeños primos y hermanos corriendo detrás de   chiguires y cochinos alzaos. De seguro por su cabeza solo pasan enormes árboles, y al explicarle que tenemos edificios, seguro ni en un millón de años se imaginaría lo asombroso de la hermosa UCV, lo peculiar de la Torre Sindoni, lo auténtico del puente de Maracaibo. Cuando me pregunta de los paisajes de mi país, no puedo más que sentir cómo la piel pasa de ser lisa a tener miles de montañitas que causan escalofríos al recordar los tepuyes congelados en el tiempo, el mar de frailejones en el páramo, el sol llanero. Mi agridulce país, mi cuna.
"It's called Venezuela. It is written starting with a small V, and it has a Z right in the middle."